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Justicia por mano propia

Hace unos días, el hijo de Lino Oviedo sacó su artillería marca Rambo y disparó tres balazos al cuerpo de un individuo que intentó asaltarle a la salida del banco. Según el diario abc color, el delincuente pertenecería a una “banda internacional” de ladrones, que se dedica a tirar clavos miguelito para robar monederos.

En el exhaustivo informe se les olvidó mencionar con qué arsenal contaba el Ninja.

Ante el hecho, gran parte de la ciudadanía expresó su opinión congratulando al pistolero por la hazaña de lograr que el planeta tenga un asaltante menos. Distinto hubiese sido si las balas perforaban la humanidad del otro criminal, quizá allí no recibiría ningún aplauso y quedaría condenado por parricidio.

Siguiendo esta pueril lógica ciudadana, que considera que cada delincuente muerto reduce el índice de criminalidad, se justificaría entonces adoptar una medida extrema para acabar con los asaltos y la inseguridad de una vez. La estrategia sería atacar el supuesto foco infeccioso de este mal.

Supongamos entonces que se decida matar, sin tener en cuenta la edad, a todos los criminales y también a aquellos que por su situación, se presume estarían cerca de serlo: indigentes, marginales, analfabetos, todos los Jean Valjean.

La superpoblada Tacumbú, ese lugar donde se depositan los cuerpos vivos de delincuentes que permanecen allí hasta perder su condición humana, se solucionaría con explosivos. Habría que matar también a todos sus parientes, previendo cualquier deseo ulterior de venganza, y así arrancar la maleza desde su raíz.

De manera que el país quedaría poblado solo por personas con recursos, quienes competirían entre sí para llevar agua a su molino. En este escenario idealizado por las mentes más precarias, lucharían encarnizadamente para no caer en la desgracia de ser pobres y morir de tres balazos o lo que es peor, terminar en Tacumbú.

Cada quien cuidaría su cazuela, los más astutos acumularían todos los bienes posibles que mitiguen cualquier infortunio, asegurando provisiones incluso hasta la quinta generación familiar. Otros usarían siniestros métodos para multiplicar su activo y adueñarse de todo. Como no todos pueden correr a la misma velocidad, habría nuevos pobres que ejecutar.

Si aplicáramos esta ley con todos los criminales, rodearíamos la sede del Congreso y abriríamos fuego a discreción, hasta que no quede ni uno en pie. Para justificar la masacre solo bastaría con fotocopiar el libelo acusatorio de Tuma.

Nuevos parlamentarios ocuparían las bancas. Tratarían de hacer bien las cosas a sabiendas que es humanamente imposible no cometer errores, y ante la inminencia de ser ajusticiados perseguirían a muerte a sus opositores, tal como lo hará el pistolero padre según esta inaudita noticia.

Quizá esta audacia festejada por la ciudadanía, sea interpretada por los delincuentes como un aviso de que la próxima vez, estén mejor armados y disparen antes de requerir.

Una bala ni cien son suficientes para eliminar un sistema creador de miseria.

Si fuéramos japoneses la justicia por mano propia adecuada de aplicar sería el Harakiri.